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domingo, 29 de abril de 2007

LO INDIVIDUAL O LO COLECTIVO

El próximo martes primero de mayo veremos las calles de nuestras ciudades llenas de eslóganes de las diferentes asociaciones sindicales. Algunos de ellos dirán: ¡Por la igualdad, empleo de calidad! ¡Por el trabajo estable y seguro! ¡¿Hasta cuándo vas a aguantar? Organízate y lucha!. ¡Trabajo decente, vida digna!...o algo similar.

Esto siempre me hace recordar a mi abuela en las tardes frias de otoño, con unos anchos vestidos, su delantal y sus infaltables rulos en la cabeza preparándonos a mis hermanas y a mi castañas asadas mientras nos contaba fantásticas historias sobre su penurias durante la postguerra y cómo se defendían por entonces los derechos de los trabajadores. De las enseñanzas de mi abuela entendí que un sindicato servía para evitar que el trabajo asalariado se degrade, para que esté mejor retribuido, sea más digno para todos y se consiga un aparato productivo más competitivo. Pero cuando empecé a conocer en primera persona a los sindicatos sentí que mi abuela me había decepcionado, o tal vez sea que las cosas han cambiado mucho desde entonces.

Se supone que, en nuestro ordenamiento laboral, los sindicatos ostentan la representatividad de los trabajadores. Es decir, que actúan en nombre y por cuenta de los mismos. Que negocian por todos. Y que los acuerdos que alcanzan afectan a todos. Los sindicatos nacieron con el propósito de ayudar a la dignificación del trabajo y a que el mundo laboral sea cada día más igualitario, pero ¿A quién defienden en realidad? ¿De qué viven? ¿Saben acaso lo que es trabajar?

Tomemos nota y derribemos mitos: LOS REYES MAGOS SON LOS PADRES, ESPINETE NO EXISTE, AMARAL NO ES HIJA DE KARMELE MARCHANTE y hay sindicatos que no defienden a todos los trabajadores.
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