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domingo, 1 de julio de 2007

EJEMPLO*

El rey Alfonso V de Aragón volvía de Capua, acompañado por caballeros de su corte. Como era su costumbre, quiso adelantarse par explorar el campo y examinar por si mismos los peligros que se podrían presentar.
Inicio su exploración con paso rápido y ágil. Llevaba mucha ventaja a su grupo cuando, al cruzar una colina, vio en el valle a un hombre a quien se le había caído, en el lodo, un asno cargado de harina, que en vano se esforzaba por levantar.
El labriego pedía a viva voz ayuda. El rey se acercó y sin decir quién era le ofreció su colaboración. El asno y las bolsas de carga estaban totalmente embarradas. El campesino dijo:
--Me perecéis un criado de mucha jerarquía, y no puedo permitir vuestro ofrecimiento porque podría ajarse vuestro magnifico vestido.
--No tengáis cuidado de eso- dijo el rey-; mejore será que pierda el vestido yo, que puedo hacerme otro, que vos el asno y la harina, que seguramente constituyen el único sustento de toda vuestra familia.
--Con todo- repuso el labrador-, no puedo consentirlo, porque aunque vuestro lenguaje y generosidad inspiran confianza, encuentro en vuestra persona algo que me confunde.
--Vamos buen hombre-- dijo el rey, tomando el costal de harina por un lado mientras el labrador hacía lo mismo por el opuesto.
--Mucho lamentaría que algún noble se acercara y os reprendiese duramente por el favor que me estáis prestando.
--Si lo que hago es bueno- replicó el rey-, ¿Cómo es posible que alguien lo desapruebe? Tirad y terminemos de salvar vuestra hacienda, y del barro que junte nos preocupéis que en algún lado encontraré agua para lavarme.
En ese momento se acercó la comitiva del rey y los caballeros comenzaron a vitorearlo estrepitosamente; luego se aproximaron sirvientes y lo limpiaron del lodo y le proporcionaron vestidos adecuados.
El labrador se quedo asustado por aquel suceso increíble, pero como era hombre de verbo fácil calmó su agitación y prontamente se acercó al rey, se echó a sus pies y empezó a pedirle perdón:
--Señor, vos sabéis que tenía recelo en aceptar vuestra ayuda, pero si hubiera sabido con certeza quién erais, hubiera querido morir antes de consentirlo.
--Alzaos del suelo, amigo- dijo Alfonso V de Aragón-, y sabed que los reyes sólo se distinguen de los demás en la mayor obligación que tienen de favorecerlos de serles útiles, y ojala que como a vos pudiese yo socorrer en sus necesidades a todos aquellos que Dios ha encomendado a mi cuidado.
--Estamos tan poco acostumbrados, señor- respondió el campesino-, a oír ese lenguaje, que nos cuesta trabajo comprenderlo. Poco es lo que yo puedo hacer en pago de tanta bondad, pero estad seguro que será público este rasgo de vuestro amor al pueblo, y si mis deseos no me engañan pronto el país os conocerá, y toda la campaña se declarará a vuestro favor.
Y cuenta la historia que así ocurrió, en muy poco tiempo fue el rey de toda la provincia, más por su ejemplo original que por las armas, o los asesores de imagen.
* Enrique Mariscal
"Cuentos para regalar a personas originales"

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